GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ

Un Manual para ser Niño.

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TOMADO DEL TOMO 2 DE LA COLECCIÓN

DOCUMENTOS DE LA MISIÓN CIENCIA,

EDUCACION Y DESARROLLO:

EDUCACIÓN PARA EL DESARROLLO (PP. 115 SS).

PRESIDENCIA DE LA REPÚBLICA

-CONSEJERÍA PARA EL DESARROLLO

INSTITUCIONAL- COLCIENCIAS.

SANTAFE DE BOGOTÁ, D.C., I995.




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spiro  a   que  estas  reflexiones  sean un
manual  para  que los niños  se  atrevan  a  defenderse
de los  adultos  en  el aprendizaje  de las artes y las
letras.  No tienen una  base científica  sino emocional
- o sentimental, si  se  quiere-, y  se  fundan  en una
premisa improbable: si  a un niño  se le  pone frente a
una serie de juguetes-diversos, terminará  por  quedar-
se con uno que, le guste más.  Creo que  esa  preferen-
cia no  es casual, sino que revela en el niño una voca-
ción y una  aptitud que  tal  vez pasarían inadvertidas
para sus  padres  despistados y sus fatigados maestros.
Creo que  ambas  le vienen  de nacimiento, y  sería im-
portante identificarlas  a tiempo y tomarlas en  cuenta
para  ayudarlo  a elegir  su profesión.  Más  aún: creo
que algunos niños a una  cierta edad, y en ciertas con-
diciones, tienen  facultades congénitas  que les permi-
ten ver más allá de la realidad admitida por los  adul-
tos.  Podrían ser residuos  de algún poder adivinatorio
que  el  género  humano agotó  en  etapas anteriores, o
manifestaciones  extraordinarias  de la intuición  casi
clarividente de los artistas durante la soledad del cre-
cimiento, y  que  desaparecen,  como  la  glándula  del
timo, cuando ya no son necesarias.


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C
reo  que  se  nace  escritor, pintor  o músico. Se
nace  con la vocación  y  en muchos  casos con las con-
diciones  físicas para  la danza y el teatro, y  con un
talento propicio  para  el periodismo escrito, entendi-
do como un  género literario, y  para el cine, entendi-
do como una  síntesis de la ficción  y la plástica.  En
ese  sentido  soy un  platónico: aprender  es recordar.
Esto quiere decir  que  cuando  un niño llega  a la es-
cuela primaria  puede  ir ya  predispuesto por la natu-
raleza  para  alguno de  esos  oficios, aunque  todavía
no lo sepa. Y tal vez no lo sepa nunca, pero su  desti-
no puede  ser mejor sí alguien lo ayuda  a descubrirlo.
No para forzarlo en  ningún sentido, sino para  crearle
condiciones favorables  y  alentarlo  a gozar sin temo-
res de  su juguete  preferido.  Creo, con  una seriedad
absoluta, que  hacer  siempre lo que a uno le gusta,  y
sólo eso,es la fórmula magistral  para una vida larga y
feliz.

ara  sustentar esa alegre suposición  no tengo más
fundamento  que  la  experiencia  difícil y  empecinada
de haber aprendido  el oficio  de  escritor  contra  un
medio  adverso, y  no  sólo al  margen  de la educación
formal sino contra ella, pero a partir de  dos condicio-
nes sin alternativas: una  aptitud bien definida y  una

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vocación  arrasadora. Nada  me  complacería más  si esa
aventura solitaria pudiera tener alguna utilidad no sólo
para el aprendizaje  de este oficio de las letras, sino
para el de todos los oficios de las artes.


          La vocación sin don
         y el don sin vocación

Georges  Bernanos, escritor católico  francés, dijo:
"Toda vocación  es un  llamado".  El Diccionario de Au-
toridades, que  fue  el primero  de la Real Academia en
1726, la  definió  como  "la  inspiración  con que Dios
llama  a algún estado  de perfección".  Era, desde lue-
go, una generalización a partir de las vocaciones reli-
giosas.  La aptitud, según el mismo diccionario, es "la
habilidad  y facilidad  y modo para hacer alguna cosa".
Dos  siglos y  medio después, el Diccionario de la Real 
Academia   conserva  estas  definiciones  con  retoques
mínimos.  Lo  que  no dice  es que una vocación inequí-
voca  y asumida  a fondo llega a ser insaciable y eter-
na, y resistente a toda fuerza contraria: la única dis-
posición del espíritu capaz de derrotar al amor.

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L
as
aptitudes  vienen  a  menudo  acompañadas  de
sus  atributos físicos.  Si  se les canta la misma nota
musical a varios niños, unos la repetirán exacta, otros
no. Los  maestros  de  música  dicen  que  los primeros
tienen  lo  que se llama  el oído  primario, importante
para ser músicos.  Antonio Sarasate, a los cuatro años,
dio  con  su violín  de  juguete una nota que su padre,
gran  virtuoso, no  lograba  dar con  el suyo.  Siempre
existirá  el  riesgo, sin embargo, de  que  los adultos
destruyan  tales  virtudes  porque  o  les parecen pri-
mordiales, y  terminen por encasillar a sus hijos en la
realidad  amurallada en que los padres los encasillaron
a ellos. El rigor de muchos padres con los hijos artis-
tas  suele ser el mismo  con que tratan a los hijos ho-
mosexuales. 


as  aptitudes y  las  vocaciones no  siempre  vie-
nen  juntas.  De ahí el desastre  de cantantes de voces
sublimes  que no  llegan  a ninguna  parte por falta de
juicio, o  de pintores  que sacrifican  toda una vida a
una  profesión  errada, o de escritores  prolíficos que
no  tienen  nada  que  decir. Sólo cuando  las  dos  se
juntan  hay  posibilidades  de que algo suceda, pero no
por arte de magia: todavía falta la disciplina, el estu-
dio, la técnica, y  un poder de superación para toda la
vida.

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ara  los  narradores  hay una prueba que no falla.
Si se  le  pide  a un grupo  de  personas  de cualquier
edad  que  cuenten una película, los  resultados  serán
reveladores.  Unos  darán   sus  impresiones  emociona-
les, políticas, o filosóficas, pero no sabrán contar la
historia completa y  en orden.  Otros contarán el argu-
mento, tan detallado  como  recuerden, con  la  seguri-
dad de  que será suficiente  para transmitir la emoción
del  original.  Los  primeros  podrán tener un porvenir
brillante en  cualquier materia, divina o  humana, pero
no serán narradores.  A los segundos  les falta todavía
mucho para  serlo -base  cultural, técnica, estilo pro-
pio,  rigor mental- pero  pueden  llegar  a  serlo.  Es
decir:  hay quienes  saben  contar un  cuento desde que
empiezan  a hablar, y  hay  quienes  no  sabrán  nunca.
En  los niños  es  una  prueba  que  merece  tomarse en
serio.


    Las ventajas de no obedecer
         a los padres

La  encuesta  adelantada para estas reflexiones ha
demostrado   que  en  Colombia  no  existen   sistemas

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establecidos  de  captación  precoz de  aptitudes y vo-
caciones  tempranas, como  punto de  partida  para  una
carrera  artística  desde  la cuna hasta la tumba.  Los
padres  no  están preparados  para la grave responsabi-
lidad  de identificarlas  a  tiempo, y  en cambio sí lo
están para  contrariarlas. Los menos drásticos les pro-
ponen  a los  hijos estudiar una carrera segura, y con-
servar  el  arte para entretenerse en las horas libres.
Por  fortuna  para la  humanidad, los  niños  les hacen
poco  caso a  los  padres  en materia grave, y menos en
lo que tiene que ver con el futuro.



or  eso los  que tienen vocaciones escondidas asu-
men  actitudes engañosas para  salirse con la suya. Hay
los  que no  rinden  en la  escuela porque no les gusta
lo  que estudian, y  sin  embargo  podrían descollar en
lo  que les gusta si alguien, los ayudara. Pero también
puede  darse  que  obtengan  buenas  calificaciones, no
porque  les guste la  escuela, sino para que sus padres
y sus  maestros  no los obliguen a  abandonar el jugue-
te  favorito que  llevan escondido  en el corazón. Tam-
bién es cierto  el drama de los que tienen que sentarse
en el piano durante los recreos, sin aptitudes ni voca-
ción,  sólo  por  imposición  de  sus  padres.  Un buen
maestro   de  música,  escandalizado  con  la  impiedad


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del  método,  dijo que  el piano hay que  tenerlo en la
casa,  pero  no  para  que  los  niños lo estudien a la
fuerza, sino para que jueguen con él.

Los  padres  quisiéramos siempre que  nuestros  hi-
jos  fueran  mejores  que  nosotros, aunque  no siempre
sabemos  cómo.  Ni los h ijos  de familias  de artistas
está  a  salvo  de  esa  incetidubre.  En  unos  casos,
porque  los  padres  quieren  que  sean  artistas  como
ellos,  y  los  niños  tienen una vocación distinta. En
otros, porque  a los padres les fue mal en las artes, y
quieren  preservar  de una suerte igual aun a los hijos
cuya  vocación  indudable  son las  artes.  No es menor
el riesgo  de los niños de familias ajenas a las artes,
cuyos  padres  quisieran  empezar  una  estirpe que sea
lo  que  ellos  no  pudieron.  En el extremo opuesto no
faltan  los  niños contrariados que aprenden el instru-
mento  a  escondidas,  y  cuando  los padres los descu-
bren ya son estrellas de  una orquesta de autodidactas.

Maestros  y  alumnos concuerdan  contra  los  mé-
todos  académicos,  pero  no  tienen un  criterio común
sobre  cuál puede  ser  mejor.  La  mayoría  rechazaron
los  métodos  vigentes, por su carácter rígido y su es-
casa atención a la creatividad, y prefieren ser empíri-
cos  e  independientes. Otros  consideran que su desti-


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no  no  dependió  tanto  de  lo que  aprendieron  en la
escuela  como  de  la astucia y la tozudez con que bur-
laron  los obstáculos  de padres y  maestros.  En gene-
ral,la lucha por la supervivencia y la falta de estímu-
los han  forzado a  la mayoría  a hacerse  solos y a la
brava.

Los criterios sobre la disciplina son divergentes.
Unos  no admiten  sino  la  completa  libertad, y otros
tratan  incluso  de  sacralizar  el empirismo absoluto.
Quienes  hablan de  la no disciplina  reconocen su uti-
lidad, pero  piensan que  nace  espontánea  como  fruto
de  una necesidad  interna, y  por  tanto  no  hay  que
forzarla.  Otros  echan  de  menos  la  formación huma-
nística  y los fundamentos  teóricos  de su arte. Otros
dicen que sobra la teoría.  La mayoría, al cabo de años
de  esfuerzos, se sublevan contra el desprestigio y las
penurias de los artistas  en una sociedad  que niega el
carácter profesional de las artes. 

No obstante, las voces  más duras  de la encuesta
fueron  contra  la escuela, como  un espacio  donde  la
pobreza de espíritu corta las alas,y es un escollo para
aprender cualquier cosa.  Y en especial para las artes.
Piensan que  ha habido  un despilfarro  de talentos por


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la repetición infinita y sin alteraciones de 1os dogmas
académicos,  mientras  que  los  mejor dotados sólo pu-
dieron  ser  grandes  y  creadores  cuando  no tuvieron
que volver a las aulas.  "Se educa de espaldas al arte",
han  dicho al  unísono maestros y alumnos.  A estos les
complace  sentir que  se  hicieron solos.  Los maestros
lo  resienten, pero  admiten  que  también ellos lo di-
rían. Tal  vez lo  más justo sea decir que todos tienen
razón.  Pues  tanto los  maestros  como  los alumnos, y
en última  instancia  la sociedad  entera, son víctimas
de  un sistema  de enseñanza  que está  muy lejos de la
realidad del país.

De  modo  que  antes  de  pensar  en la  enseñanza
artística, hay  que definir lo  más pronto  posible una
política  cultural  que  no  hemos  tenido  nunca.  Que
obedezca a  una concepción  moderna  de  lo que  es  la
cultura, para qué  sirve, cuánto  cuesta, para quién es,
y que se tome en  cuenta que  la educación artística no
es un  fin  en sí misma, sino  un medio para la preser-
vación y fomento  de las culturas regionales, cuya cir-
culación natural es de la periferia hacia el centro y de
abajo hacia arriba.


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N
o es lo mismo la enseñanza artística que la edu-
cación artística. Esta es una función social,y así como
se enseñan  las matemáticas o las  ciencias, debe ense-
ñarse  desde la  escuela  primaria el aprecio y el goce
de las artes y las letras.  La enseñanza  artística, en
cambio, es una carrera  especializada para  estudiantes
con aptitudes y  vocaciones  específicas, cuyo objetivo
es formar  artistas y maestros  como  profesionales del
arte.

No  hay  que  esperar a  que las  vocaciones lle-
guen: hay que salir a buscarlas. Están en todas partes,
más  puras  cuanto  más  olvidadas. Son  ellas las  que
sustentan la vida eterna de la música callejera,la pin-
tura  primitiva de brocha y sapolín en los palacios mu-
nicipales, la  poesía en carne viva de las cantinas, el
torrente  incontenible  de la cultura popular que es el
padre y la madre de todas las artes.

   ¿Con qué se comen las letras?

Los  colombianos, desde  siempre,  nos  hemos  vis-
to  como un  país de letrados.  Tal  vez a  eso se deba
que los  programas del  bachillerato hagan más  énfasis


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en la literatura que en las otras artes. Pero aparte de
la  memorización  cronológica  de autores y de obras, a
los  alumnos no  les cultivan el  hábito de la lectura,
sino que los obligan a leer y a hacer sinopsis escritas
de los  libros programados.  Por  todas  partes  me en-
cuentro con  profesionales  escaldados  por  los libros
que les  obligaron a  leer en el  colegio  con el mismo
placer con  que se tomaban  el aceite  de ricino.  Para
las  sinopsis, por  desgracia,  no tuvieron  problemas,
porque  en los  periódicos  encontraron  anuncios  como
este: "Cambio  sinopsis de  El Quijote  por sinopsis de
La Odísea ". Así  es: en  Colombia hay  un mercado  tan
prospero y un  tráfico tan  intenso de resúmenes fotos-
táticos, que los  escritores  haríamos mejor negocio no
escribiendo  los libros  originales sino escribiendo de
una vez las sinopsis para bachilleres.

Es  este  método  de  enseñanza,  -y  no  tanto  la
televisión  y los  malos libros-, lo  que está acabando
con el  hábito de  lectura.  Estoy de acuerdo en que un
buen curso de  literatura sólo  puede ser una guía para
lectores.  Pero  es imposible  que los  niños  lean una
novela, escriban  la  sinopsis  y preparen  una exposi-
ción reflexiva para el martes siguiente.Sería ideal que
un niño dedicara parte de su fin de semana a leer


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un  libro  hasta donde  pueda y  hasta  donde  le guste
-que es  la única  condición para  leer un  libro- pero
es criminal, para él mismo y para el libro,que lo lea a
la fuerza  en sus horas  de juego y con  la angustia de
las otras tareas.

Haría  falta -como falta  todavía  para todas las
artes- una  franja especial en el bachillerato con cla-
ses de literatura  que sólo pretendan ser guías inteli-
gentes de lectura y  reflexión para  formar buenos lec-
tores.  Porque formar escritores es otro cantar.  Nadie
enseña a escribir, salvo los  buenos libros, leídos con
la aptitud y la vocación alertas. La experiencia de tra-
bajo es  lo  poco  que  un  escritor  consagrado  puede
transmitir  a los aprendices si éstos tienen todavía un
mínimo  de   humildad  para  creer  que  alguien  puede
saber  más que ellos.  Para eso no haría falta una uni-
versidad, sino talleres prácticos y participativos, don-
de  escritores  artesanos  discutan  con los alumnos la
carpintería  del oficio: como sé les ocurrieron sus ar-
gumentos, cómo  imaginaron  sus  personajes,  cómo  re-
solvieron  sus problemas  técnicos  de  estructura,  de
estilo, de  tono, que es lo único  concreto que a veces
puede sacarse en  limpio del  gran misterio de la crea-
ción.  El  mismo  sistema de  talleres  está ya probado


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para  algunos  géneros del periodismo, el cine y la te-
levisión, y en  particular para reportajes y guiones. Y
sin  exámenes ni  diplomas ni nada.  Que la vida  deci-
da  quién  sirve y quién no  sirve, como de  todos  mo-
dos ocurre.

Lo que debe  plantearse  para  Colombia,  sin  em-
bargo, no  es sólo un  cambio de  forma y de  fondo  en
las escuelas de arte,sino que la educación artística se
imparta  dentro  de  un  sistema  autónomo, que  depen-
da de  un  organismo  propio de la  cultura  y  no  del
ministerio  de la educación.  Que no esté centralizado,
sino al contrario, que sea el  coordinador del desarro-
llo cultural desde las distintas regiones del país,pues
cada una de  ellas tiene su  personalidad  cultural, su
historia, sus tradiciones, su lenguaje, sus expresiones
artísticas  propias.  Que  empiece por  educarnos a pa-
dres y maestros en la  apreciación precoz de las incli-
naciones  de los niños, y los prepare  para una escuela
que preserve su  curiosidad y su creatividad naturales.
Todo esto, desde luego, sin  muchas  ilusiones.  De to-
dos modos, por arte  de las artes, los que  han  de ser
ya lo son.  Aun si no lo sabrán nunca.



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Santafé de Bogotá, Octubre 2 de 1995                            Santafé de Bogotá, Febrero 23 de 1996

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